martes, 24 de febrero de 2009

Confusión sexual


Acabo de pasar unos días en la isla de La Palma y, aunque reconozco que ha sido una experiencia gozosa, vengo con algo de amargura, ya que regreso lo mismo que fui, sexualmente hablando. No es que haya disminuido mi líbido, sino que, fiel a mi costumbre de “donde fueres, haz lo que vieres”, he seguido una total abstinencia.

La cosa es que, en casi todos los lugares a los que acudía, encontraba un cartelito que ponía “Se prohíbe echar polvos”. Esta costumbre de moral tan elevada que, al principio, me pareció curiosa, tras dos días en dique seco, la encontré de una mojigatería y una cerrazón total.

Cabreado iba en el barco de vuelta, cuando le contaba la razón de mi enfado a un señor oriundo de la isla en la que uno no puede desahogarse. Escuchándome, a este buen hombre le entró un ataque de risa como nunca había visto.

Resulta que en las fiestas de carnaval, llamadas Los Indianos, es costumbre que la gente se tire polvos de talco los unos a los otros, en una suerte de extraña guerra. De ahí la prohibición que encontré por doquier, de echar polvos en lugares concurridos para evitar altercados públicos.

Lo tengo claro. A partir de ahora, no acataré este tipo de prohibiciones odiosas, reales o ficticias. Si me entran ganas y tengo con quien hacer prácticas de tiro, aprovecharé, así me encuentre en el baño del museo del Vaticano.

lunes, 23 de febrero de 2009

Pescado soso


En una reunión con amigos y conocidos de mi generación nos ponemos a criticar a los ausentes (deporte nacional donde los haya). Inevitablemente sale el asunto de la desastrosa situación sentimental en que viven la mayoría de ellos y ellas.
Algunos intentan explicarlo por la educación recibida, otros por lo estricto de nuestros padres, más allá dicen que fue porque no tuvimos nada por lo que luchar e incluso porque veíamos los dibujos de Heidi (una niña de una familia desestructurada, con una extraña relación paterno-filial con su abuelo, por no hablar de la amiguita en silla de ruedas). Chorradas, pienso.
Creo que después de que pasáramos una niñez con el cinturón apretado, nuestros padres nos dieron de todo (excepto clases de sexualidad y de comunicación interpersonal). Y como todo era tan relindo y fácil, pensamos que siempre sería así: no tendríamos que decir lo que queríamos (si es que lo sabíamos) ni lo que deseábamos del otro, ni comunicarnos, ni buscar afinidades ni estabilidad, ni nada que requiriera lucha o esfuerzo.
Para eso estaba la telepatía y la capacidad del otro/a de leernos la mente. Y si no podía, no importaba: se buscaba un recambio y listo. ¿Para qué molestarse en reparar nada en esta sociedad de consumo rápido y a buen precio?
Alguien me lo explicó muy metafóricamente: el mar es muy grande y está lleno de peces. Cierto, pensé, pero con esa actitud de besugo tristre lo único que pescarás serán tiburones o merluzos.

martes, 17 de febrero de 2009

No reanimar


Leyendo el libro de Punset, El viaje al amor, el autor me sorprende diciendo que hay momentos en la vida de las personas en que el pulso se acelera, sube la presión sanguínea del individuo, éste se vuelve olvidadizo, obsesionado, vulnerable, inseguro, celoso, pasa de la euforia a la desesperanza de manera constante, ve alterados los sentidos, se le nubla el buen juicio y la racionalidad y pierde la perspectiva de la realidad.
Tan tremenda dolencia se llama amor.
Si alguno de los lectores ve a una persona con estos síntomas, que no haga nada por curarla.

domingo, 8 de febrero de 2009

Viaje con nosotros: India, Nepal, Bután (13)


Numerosos conocidos y amigos me reclaman las fotos del viaje del verano (India, Nepal y Bután). Después de hacerme el sueco varios meses (me teñí de rubio, me puse alzas y me hacía llamar Gustav Larsson), no me ha quedado más remedio que colgar algunas de las fotos para que puedan ser apreciadas (y criticadas).
Seguramente no se podrá apreciar la belleza de los lugares visitados pero creo que queda reflejada su autenticidad. Ya se sabe, una imagen vale más que mil palabras, aunque sea un servidor el que cuente la historia.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Mi querido perro


Estoy empezando un nuevo libro (a leerlo, se entiende). Se llama El viaje al amor y es de uno de los divulgadores científicos más importantes que conozco, Eduardo Punset.
El libro es muy interesante (ya hablaré de él) y como me parecía tan bueno se lo recomendé a un conocido al que me encontré por la calle.
La reacción me dejó con la boca abierta (aunque incapaz de decir palabra) puesto que este individuo empezó a reírse y a criticar que perdiera el tiempo con semejantes chorradas escritas por un loco. "Seguro que hasta lo veías por la tele" -refiriéndose al programa Redes. Y así se fue, con la sonrisa de oreja a oreja.
Yo me quedé plantado como un cactus aunque sin sonreír. Es la reacción que me produce la gente que no sería capaz de distinguir su cabeza de su culo (probablemente por el similar contenido de ambas partes de su cuerpo y no me refiero a las neuronas).
Hay días que pienso que cuanto más conozco a las personas, más quiero a mi perro. Lo que más me angustia de todo es que, ni siquiera, tengo perro.

sábado, 31 de enero de 2009

Amarillo de rabia


Un poco tarde (¡qué raro en mí!) me entero que acaba de llegar el Año Nuevo Chino (el del buey). Como no me aclaro, no sé si tengo que comprar uvas o lichis para celebrarlo.
Me imagino a 1.200 millones de criaturas agarrándose un ciego y haciéndo promesas para el nuevo periodo que nunca podrán cumplir. Así es la especie humana: se alimenta de humo.
La cultura china me impresiona. La literatura llena de profundidades, el cine que te transporta a una realidad onírica, su arquitectura y monumentos antiguos y, sobre todo, su manera de vivir tienen gran atracción sobre mi persona.
Tengo entre mis planes un viaje por ese país impresionante e incluso se me ha pasado por la cabeza estudiar el idioma (estoy calculando cuándo puedo tener ocho años libres para esta última empresa). Ya ven, yo también me alimento de sueños.
Una amiga, conocedora de mi forma de ser polemista, directa e irreverente, me dice que le recuerdo a algo chino, en concreto, a un plato de comida china. Mi cabeza se vuelve loca, imaginando una comida exótica, especial, fascinante, delicada y millones de adjetivos más.
"No, no" - me aclara-, "en realidad no me refería a la comida, sino que, por tu caráter, eres como un cerdo agridulce".

viernes, 30 de enero de 2009

Ojo por callo


Una lectora de mi blog me tira un guante dialéctico a la cara. Incapaz como soy de poner la otra mejilla ante tamaño reto, decido entrar en la polémica.
Su duda es que si el tiempo pone a cada uno en su lugar. Claro, para empezar a hablar hay que definir lo de tiempo y lugar. Keynes decía que a largo plazo todos estaremos muertos. O sea, pasado mucho tiempo todos estaremos en el mismo lugar: a dos metros bajo tierra.
Seguramente mi lectora buscaba una explicación algo mas sesuda. Por ello, recuerdo cuando de pequeño perdíamos al futbol y quejumbrosos decíamos a nuestros contrincantes aquello de "las trampas salen". También todas las veces que alguien nos hacía algo y pensábamos que la vida castigaría a nuestros agresores con penas y dolores sin fin en una especie de justicia divina.
Sin embargo, pasado el tiempo nos dimos cuenta de que las trampas no salían y que los malvados no sólo no pagaban sino que estaban en lo alto de la pirámide social.
Parece que, en realidad eso de que el tiempo pone a cada uno en su lugar es sólo una frase que nos inventamos los perdedores para sentirnos menos desgraciados. Seguramente por eso Nach Scrath se lamentaba en un rap que "los cabrones siempre ríen y los honrados padecen".
Por si acaso, el asunto no lo dejo en manos del tiempo: si alguien me pisa el callo, yo le meto el dedo en el ojo.

martes, 27 de enero de 2009

Tiempos modernos


Me levanto de la siesta y a duras penas me pongo delante del ordenador. Leo en una página que la siesta en nuestro país es una tradición en declive: sólo una de cada seis personas la practica regularmente (o eso me parece recordar porque estaba aún somnoliento).
Deseoso de cambiar la estadística me tiro otra vez en el sofá dejándome inconsciente durante otra hora más.
Más repuestito y con la cara lavada reflexiono sobre esas buenas tradiciones que se van perdiendo por falta de uso: dar los buenos días, el sentido común, el respeto por el prójimo, hacer de comer, visitar a la familia, etc.
Me pregunto cómo es posible que nos olvidemos de las cosas que funcionan y las cambiemos por otras que son evidentemente peores. Pensé lo mismo cuando en el super casi me caigo de espaldas al ver la primera vez el gazpacho en tetrabrick. ¿Quién no tiene tres minutitos para juntar tomates, pimiento, pepino y ajos con algo de aceite, vinagre y sal?
Si este el es el precio de la modernidad, prefiero ser un troglodita que hace su propio potaje.

viernes, 23 de enero de 2009

Que tengas surtecilla


Escuchando música aparece una canción de Bunbury con la que titulo esta entrada. Me hace recordar una reunión con amigos de hace unos días en la que la suerte fue nombrada como explicación a todas las dichas posibles.
Creo que cada vez más se amplia la tendencia a esperar que las cosas ocurran porque sí, sin dedicarles el mayor esfuerzo (palabra que la Real Academia está pensando en quitar de su diccionario por falta de uso). O sea, poner la mano y esperar, como dice la fiel lectora Lucas, que el rayo de sol caiga directamente sobre ella (incluso en días nublados o por la noche).
Claro, partiendo de esta premisa, las cosas buenas que nos pasen a cualquiera de nosotros no pueden deberse sino a la suerte. Discrepo, sin dudarlo. Una cosa es poner la lotería y que te toque. A este suceso aleatorio lo podemos llamar fortuna.
Sin embargo, no sería justo insultar a quien se curra su vida, trabajo, estudios, familia, o lo que sea, diciendo que su lucha para que estas u otras cosas le vayan bien es el resultado casual de la conjunción de los astros.

No amigo, no. Eso es esfuerzo y la suerte no está invitada al convite. Y si viene, que te pille remangado y trabajando.

martes, 20 de enero de 2009

Cierra el grifo


En el trabajo estoy rodeado de dos tipos de personas: los que tienen hijos y los que no. La mayoría de los segundos intentan (intentamos) hacer oídos sordos a la llamada de la Naturaleza para reproducirnos y perpetuar la especie.
Con este objetivo buscamos las más variadas escusas: no es el momento, no es el lugar, no es la persona, no es el momento ni el lugar ni la persona, no hay persona con la que ...(éste es el caso más triste) y así un sinfín de posibilidades para evitar que el tic-
tac reproductivo se haga ensordecedor.
Sin embargo, no hay nada que quite más las ganas de reproducirse (que no las de hacer prácticas de tiro) que tener alguna compañera mamá reciente. No basta con que te cuente las pruebas y problemas del embarazo, ni con que te detalle los sufrimientos del parto y
días posteriores, ni con que te hable el insomnio y los problemas de comida del vástago. Además, te relata como su propia vida se aliena y termina por desaparecer entre pañales, urinales, potitos y pediatras a medida que la criatura crece.
Con tantas desgracias, dificultades, problemas y limitaciones, a un servidor le entra una angustia reproductiva tremenda. De hecho, estoy pensando en pedir cita para la
vasectomía.

martes, 13 de enero de 2009

Sexo polar

Comienzo la semana tremendamente preocupado. Resulta que los máximos representantes de la industria porno americana solicitan ayudas por los problemas económicos de su negocio.
Esta noticia me pone los pelos como un puercoespín. Pensaba que el sexo, probablemente la actividad más antigua del ser humano (junto con la recolección y la realización de pinturas rupestres) nunca podría estar de capa caída.
De hecho, estoy seguro de que Internet no habría tenido tanto éxito sin la inestimable ayuda de millones de mirones en busca de páginas eróticas de todo tipo. Sin embargo, parece que la crisis lo desinfla todo, según anuncian los representantes de las empresas americana de producción de erotismo.
Creí, erróneamente por lo que se ve, que la crisis obligaría a la gente a estar más en casita para ahorrar y que, claro, ¿que va a hacer uno en este invierno con el frío? Pues juntarse con la criatura más cercana en busca de calor.
Parece que me equivocaba y que, o la fuente de calor más próxima es el radiador (con el consiguiente peligro de quemaduras genitales) o es cierto que la crisis afecta a nuestros más primitivos instintos. Y yo que pensaba que habíamos evolucionado hacia el homo erectus. ¡Qué horror!

martes, 6 de enero de 2009

Sin cabeza


Recibo un correo de una amiga escandalizada. Según me cuenta, la inversión de las empresas farmacéuticas en medicamentos estilo Prozac o Viagra, multiplica en muchas veces el dinero destinado a enfermedades que afectan a países en vias de desarrollo.
Un servidor vacunado en el primer mundo ha paseado por estos países y da fe de los estragos que causan enfermedades como la malaria que podrían resolverse con poco dinero. No puedo criticar mucho a las farmacéuticas: probablemente si yo fuera una haría lo mismo, aunque luego no podría dormir de mala conciencia. Critico a todos los que compran productos de marca en vez de genéricos: si quieres hacerles daño, dales en el bolsillo.

También yo estoy preocupado con la falta de inversión en enfermedades como el Parkinson o el Alzheimer que hacen que el enfermo pierda la conciencia de sí mismo. A este respecto, me temo lo peor y es que en un futuro no muy lejano habrá viejos felices y erectos incapaces de recordar por qué.