
Una compañera de trabajo me dice que vivimos esclavizados. Yo me imagino encadenado en las galeras de un barco, remando hasta la extenuación, mientras el capataz no para de gritar y de darnos con el látigo para que boguemos más rápido.
Al verme así de confuso, me aclara que se refiere a que vivimos esclavizados a causa de la hipoteca que hemos utilizado para comprarnos la casa. La casa que empezó siendo de nuestros sueños y acabó siendo de nuestras pesadillas, porque con la subida de los intereses cada vez pagamos más sin que la deuda apenas baje.
En su opinión, semejante deuda nos obliga a trabajar, casi de por vida, sin poder rebelarnos ante ningún poder opresor que se aprovecha sin compasión de nuestra debilidad.
Le digo que la hipoteca es opcional, porque siempre se puede vivir de alquiler. Mirándome fijamente como si estuviera loco, niega con la cabeza. De eso nada, -dice muy segura-, porque pagas todos los meses y, al final, no tienes nada. Nada no, pienso yo, al final siempre te queda tu libertad